Cada marzo, cuando llega el fin de semana de Lollapalooza, miles de personas cruzan las puertas del Hipódromo de San Isidro probablemente con la sensación de que están entrando en otro mundo. Durante tres días, los planes de fin de semana quedan suspendidos. Adiós a los cafecitos, la siesta, los cumpleaños, los boliches. Estos días, se pasa de un escenario a otro, se descubren artistas nuevos, se come en food trucks, se canta con desconocidos.

Pero los festivales no siempre fueron así. Mucho antes de los escenarios gigantes y los outfits pensados para redes sociales, existió un encuentro que cambió la historia de la música y de la cultura.

Woodstock: tres días que quedaron en la historia

Agosto de 1969. Estados Unidos atravesaba uno de los momentos más tensos de su historia reciente. La guerra de Vietnam dividía al país, las protestas estudiantiles crecían en las universidades y los movimientos por los derechos civiles ocupaban las calles. En medio de ese clima apareció un evento que nadie imaginaba que terminaría definiendo a toda una generación: Woodstock.

El festival se organizó en una granja del pequeño pueblo de Bethel, en el estado de Nueva York, y en teoría iba a reunir a unas 50.000 personas. Pero llegó casi medio millón.

Las rutas quedaron bloqueadas durante kilómetros, muchos abandonaron los autos y caminaron hasta el predio. La organización colapsó. Las vallas no resistieron y el festival terminó siendo gratuito. Cuando empezó a llover, el campo se convirtió en un mar de barro. Sin embargo, nada de eso frenó a la multitud.

El caos fue parte de la historia desde el primer momento. El cantante Richie Havens, por ejemplo, tuvo que abrir el festival improvisando durante casi tres horas porque varios músicos todavía no habían logrado llegar al lugar por el tráfico. Aquella improvisación terminó convirtiéndose en una de las actuaciones más recordadas del evento.

Durante tres días tocaron algunos de los artistas más importantes de la época: Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Who, Carlos Santana, Joe Cocker. La imagen que quedó grabada en la historia fue la de Hendrix tocando una versión distorsionada del himno estadounidense con su guitarra eléctrica al amanecer del último día, un gesto que muchos interpretaron como una referencia directa a la guerra de Vietnam.

La logística del festival fue tan caótica que en un momento comenzaron a faltar alimentos. Helicópteros del Ejército estadounidense -el mismo que estaba combatiendo en Vietnam- tuvieron que llevar provisiones y personal médico al predio. Aun así, la convivencia sorprendió incluso a los periodistas que habían ido a cubrir el evento esperando disturbios. Muchos medios terminaron destacando lo contrario: medio millón de personas viviendo juntas durante tres días sin violencia significativa.

Las imágenes que quedaron de esos días lo dicen todo: chicos descalzos, pantalones de jean gastados, flecos, flores en el pelo, mantas en el pasto. No había estilistas ni tendencias planificadas. La moda nacía ahí mismo, entre el barro, la música y la improvisación.

Muchos historiadores dicen que Woodstock fue la primera vez que una generación entera se vio reflejada en un mismo evento.

Cuando el festival se volvió global

Después de Woodstock, la idea del festival empezó a viajar por el mundo. En Inglaterra apareció Glastonbury, que desde 1970 reúne música, arte, teatro y activismo. Con el tiempo se transformó en uno de los encuentros culturales más importantes de Europa.

En los años 80 llegó un festival que marcaría una nueva etapa. Rock in Rio fue creado en Brasil en 1985. A diferencia de Woodstock, ya era un evento pensado a gran escala desde el inicio. Escenarios gigantes, producción internacional y artistas de todo el mundo. Queen tocó allí frente a más de 200.000 personas en una de las presentaciones más recordadas de la historia del rock.

El festival empezaba a convertirse en una industria global.

Los 90 y el origen del festival moderno

En 1991 apareció Lollapalooza, creado por Perry Farrell, cantante de Jane’s Addiction. Al principio era un festival itinerante que recorría distintas ciudades de Estados Unidos con bandas de rock alternativo, grunge y hip hop. Era el reflejo de los años 90.

La estética de esa década estaba marcada por jeans rotos, camisas a cuadros, borcegos, remeras oversized. Una moda relajada, un poco descuidada, muy distinta del glamour de los años anteriores. Modelos como Kate Moss representaban ese estilo minimalista y despreocupado, que dominó la década.

A fines de los 90 apareció otro festival que terminaría cambiando todo. Era Coachella, en el desierto de California.

Cuando comenzó en 1999 era un festival más dentro del circuito musical. Pero con los años se transformó en una mezcla de música, moda y arte a donde todo el mundo quería ir.

Fue en la década de 2010 que el Coachella se volvió casi una pasarela al aire libre. Las celebridades llegaban con looks pensados especialmente para el evento. Vestidos boho, crochet, botas texanas, sombreros y glitter eran la estética dominante.

Una de las figuras que mejor representó ese momento fue Vanessa Hudgens, que durante años fue considerada la “reina de Coachella”. Sus outfits -mezcla de hippie moderno y estilo festivalero- marcaron tendencia para todo el mundo.

Durante esos años ir a un festival implicaba casi una producción de moda con coronas de flores, maquillaje brillante, capas de accesorios. El look era parte del espectáculo.

Estos eventos se convirtieron entonces en lugares donde una generación mostraba cómo se vestía, qué escuchaba y cómo quería vivir.

La moda: una historia que cambia en cada generación

Desde Woodstock hasta hoy, los festivales funcionaron como un espejo de cada época.

En los años 60, el estilo hippie dominaba con pantalones de jean, camisas sueltas, flecos, flores. Figuras como Janis Joplin o Jimi Hendrix eran la representación de esa estética libre que mezclaba música, política y contracultura.

En los años 90, el grunge cambió completamente el código. Camisas a cuadros, shorts de jean, botas pesadas. Una estética relajada que parecía decir que la moda no importaba demasiado.

Durante la década de 2010, Coachella convirtió el festival en una pasarela. Glitter, crochet, vestidos largos, sombreros y looks súper pensados dominaron durante varios años.

Pero hoy la tendencia parece ir en dirección contraria. Lo cool es verse relajado, casi como si uno no hubiera pensado demasiado el outfit. Zapatillas cómodas, shorts, camperas livianas, gafas de sol. Así, la prioridad ya no es el look espectacular sino poder pasar horas caminando de escenario en escenario.

Las celebridades también empezaron a mostrar ese giro. Figuras como Kendall Jenner y Hailey Bieber suelen aparecer con outfits sorprendentemente relajados: jeans vintage, tank tops blancos, zapatillas o botas simples, casi como si hubieran salido de casa sin pensar demasiado qué ponerse.

Por qué los festivales siguen convocando multitudes

Más de medio siglo después de Woodstock, los festivales siguen creciendo en todo el mundo. Algo de aquella idea original sigue intacto. Durante unos días miles de personas se reúnen alrededor de la música para vivir algo en común.

Las generaciones cambian, los escenarios se vuelven más grandes y las producciones más complejas. Pero la esencia sigue siendo la misma: cantar con desconocidos, descubrir artistas nuevos y sentir que, por unas horas, todos están viviendo el mismo momento. Una forma contemporánea de hacer lo mismo que aquellos jóvenes hicieron en una granja de Nueva York en 1969.